Desde hace un par de días que el Partido Convergencia Social, del cual participo desde su fundación, se encuentra en un período electoral interno para definir el elenco de representantes que darán conducción política y orgánica durante los próximos dos años de vida partidaria.
Lejos de mirar esta coyuntura como un mero reemplazo de nuestras dirigencias, me gustaría observar el proceso como parte de un momento decisivo para concretar un referente político actualizado y calibrado del continuo de transformaciones políticas y sociales que se impulsan desde hace décadas, sobre todo mirando los resultados electorales del primer ciclo constituyente post estallido social.
Si bien uno de los factores de la derrota de septiembre es el voto anti-política por no haber conectado con las necesidades urgentes del país, también asistimos a un campo político que licuó agresivamente el debate público -viabilizando las fake news como herramienta-, una democracia que rápidamente se torna en una «encuestocracia» y a elementos culturales históricos que las nuevas generaciones dirigenciales no logramos medir como era debido.
En los partidos no podemos presumir la asepsia de nuestro entorno. Lo que sucede afuera también pasa dentro con otros nombres, intensidades y formas. Aún cuando la anti-política se expresa en dos dimensiones a priori: con la negación de diálogos internos cotidianos y transversales; pero también con reduccionismos infértiles sobre la «cupulización/elitización» del partido; nuestra vida partidaria se ve afectada por nuestra propia versión de las fake (los famosos «monos de paja») que dificultan la acción política coordinada o de la arrogancia absolutista de creer siempre tener la razón ignorando trayectorias y las biografías humanas y militantes. ¿No será momento de dar el salto político a nuevas formas de relación y producción política?
En este contexto, entonces, la pregunta sobre qué partido construir se vuelve esencial. En paralelo, nuestro gobierno vive las propias tensiones de administrar una transición cultural entre las formas de gobierno de los 30 años y la confección de gobiernos y hegemonías transformadoras, desde el partido debemos impulsar aquellas transformaciones esenciales al cierre de primer ciclo constituyente post estallido.
Quisiera cerrar esta columna diciendo que no creo que existan personas capaces de responder todos los desafíos sin contar con el colectivo. Dicho de otra forma, solo es posible el éxito en las tareas políticas de nuestro tiempo si desde el mismo día de las elecciones trabajamos conjuntamente con generosidad, apertura e inclusión. Por lo pronto, tengo algunas ideas: debemos volcar nuestras energías en ser y parecer los pueblos que decimos representar, permitiéndonos inaugurar un nuevo ciclo constituyente que viabilice el programa de transformaciones que hemos heredado de otras generaciones y también de aquellas que hemos impulsado en nuestra época.

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