
Habitualmente cuando la política se sobregira en el espacio público se le suele exigir mayores estándares técnicos y comunicacionales por varias razones, pero principalmente para hacer más audible las razones de fondo tras las argumentaciones o disciplinar sobre las formas más adecuadas para una democracia.
Esta evaluación social y académica se aplica, en mi parecer, de forma laxa con los analistas políticos que vierten sus contenidos en ese mismo espacio público y en ocasiones con efectos similares en su influencia y difusión. Con frecuencia, el ser crítico pareciera gozar de un valor intrínseco, aséptico y glorificador del analista. En contraposición, ver con buenos ojos una política pública o al rol de la política debe ser justificado excesivamente así evitando caer en los vicios de la complacencia y la propaganda.
Hoy, se publicó una columna que, si se aplicara la misma vara, sería categorizada lejos de los requisitos socialmente construidos sobre el análisis político. Dicho de otra forma, carente del esfuerzo metodológico que permita identificar el objetivo que está detrás de su redacción, como también los sustentos de sus afirmaciones. Esta columna se llama “No pagar” y fue escrita por el analista político y filósofo, Max Colodro.
De forma sucinta, argumenta sobre una tesis que resumiría en la siguiente oración: “Las acciones disruptivas vistas esta semana son producto de una reflexión cultural igualitarista, que socializan los costos que emanen de ella en tanto compensa la situación desigual que se encontrarían los protagonistas de las disrupciones respecto al resto”. Contra la intuición, puedo coincidir en algunas de sus conclusiones, a pesar de que discrepo en sus fundamentaciones. Lo vivido en la última semana (fundamentalmente la turba que accede a un concierto sin pagar) es parte de un deterioro cultural significativo y que no contribuye a una vida social sana. Sin embargo, tengo la impresión de que el deterioro cultural tiene orígenes más diversos e impactos más transversales que un asunto de mera expectativa insatisfecha o de revanchismos transgresores del Estado de derecho atribuibles a quienes tienen una lectura de lo público desde el “igualitarismo”.
Un estudio realizado por el Consejo para la Transparencia (2019) titulado «Estudio Nacional de Micro Corrupción» saca una nítida radiografía respecto a las conductas ampliamente rechazadas por las personas, por ejemplo, un 88% le parece mal que alguien se salte la fila, un 87% le parece mal que se cobre de más por un producto o servicio, un 76% le parece mal ver que alguien no pague la micro, un 70% le parece mal que alguien consiga algo vía «pituto» y un 67% le parece mal que alguien pague menos de lo que corresponde por un producto o servicio. Asimismo, las personas más tolerantes (dentro de la intolerancia generalizada) ante la «pillería» tienen un perfil claro: No tienen posición política, son jóvenes (18-25 años) o personas mayores (+60 años) y su máximo nivel de estudios es enseñanza básica. Este estudio si bien podría inducir una justificación del menor rechazo la «pillería» que afecta a los más poderosos de una población, en ningún caso puede ser tomado como regla general. Asimismo, este mismo estudio refuta el posicionamiento ideológico que Colodro asociaría a la «pillería».
Intentando leer entre líneas, solo pude concluir que hay conciencia de que existe un fenómeno social, pero que también hay una renuncia a la construcción de un consenso académico y/o político de sus causas. Aquella columna no aporta luces en esta tarea. ¿Será que el objetivo no era ese y quizá atribuirle a una ideología (y un grupo político) particular la justificación del comportamiento “pillo” o “disruptivo”?
Fuera de la polémica, otro gran filósofo, contribuye claridades en una dirección más productiva. El 27 de Septiembre, Gastón Soublette, en una columna publicada en El Mercurio, a propósito del resultado del 4 de septiembre, reflexionaba sobre una supuesta identidad nacional. Argumentaba que es muy complejo abordar -la identidad- por la acelerada “aculturación” por causa de las formas de vida hegemónicas. El progreso material de ellas representa soluciones eficientes que han reemplazado la virtud constituyéndose como el “trasfondo ideológico del orden”. Finaliza con preguntas que me parecen provocadoras de un debate mucho más sustantivo: ”¿Cómo compatibilizar el inevitable crecimiento material con la sabiduría y la virtud, con el sentido y la trascendencia? ¿Es eso posible?”.
Por Mauricio Morán Escudero. Magíster en Gobierno y Gestión Pública, de la Universidad de Valparaíso. Ingeniero en Negocios Internacionales, de la misma casa de estudios.
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